La rebeldía nublada
¡Resistencia! Que el pueblo es de carne, hueso y
espíritu de guerra. Y somos cómplices del delincuente que roba nuestros
suspiros, que arrebata nuestra calma, que apresa nuestra intuición, que
alimenta nuestros miedos, que lo vende todo hasta dejarnos matarnos entre nosotros mismos, por lo que
sobra y no alcanza para nadie, que pisotea nuestra dignidad, que arrebata
nuestra esperanza y se esconde en mil mascaras de plástico, la falsedad y la
hipocresía en desmedida.
Luego vamos de cara al sol, a las estrellas que nos
salvan de la ilusión de grandeza. Vamos al ritmo de latidos de corazones
estremecidos, suena el tum tum de los tambores en fiesta, se encuentran
danzantes y músicos para unir todas sus fuerzas y gritar al unísono que no nos
vamos a rendir, que no vamos a servir de moneda de cambio y que vamos a continuar danzando.
Cuando las nubes
hacen sombras en los montes verdes y forman otros mundos que se entrelazan por
el viento, es el tiempo de levantarse ante la imposición del que se dice un
“ser humano”, levantar la mirada de frente al enemigo y fijar en los ojos la
esperanza solidaria. Y somos adversarios del que dice ser invencible y que se
pasa por invisible, que controla nuestros impulsos, que condiciona nuestra
conciencia.
Por eso vamos siguiendo los tambores de la magia, de
la guerra, de la fuerza que viene vibrando desde la tierra, porque somos de ella, hijos de la tierra.

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